Eugene Robinson – Washington. Para cualquiera que examine 2008, Barack Obama es el candidato seguro a Persona del Año. Pero no es el único estadounidense cuya historia sugiere que este emotivo, dramático e inolvidable año pasará a la historia como la frontera entre grandes eras históricas, una brillante demarcación entre el ayer y el mañana. Mi candidato a subcampeón es Bernard Madoff.

Eugene Robinson

Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

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En cierto sentido, todos somos Bernie Madoff. Llevamos una generación dirigiendo nuestra economía según los principios contables de él — y ahora nos enfrentamos al más desagradable de los cálculos.

Como todo el mundo sabe a estas alturas, Madoff — uno de los financieros más respetados de Wall Street en tiempos — está acusado de ser quizá el mayor estafador de la historia. Antes de su detención a principios de este mes, al parecer informó a sus hijos de que había estafado a sus inversores hasta 50.000 millones de dólares. Presuntamente siguió el libreto redactado hace más de ocho décadas por el elegante charlatán Charles Ponzi, que utilizaba los fondos de los inversores nuevos para abonar jugosos réditos a los inversores más antiguos. Eso funciona bien durante un tiempo, pero todo esquema piramidal colapsa eventualmente en ruina.

Los veteranos de Wall Street recuerdan la forma en la que hace mucho los inversores suplicaban que se les permitiera invertir su dinero con Madoff.

Al contrario que Ponzi, él no prometía copiosos beneficios de muchos ceros de la noche a la mañana. ?l «ganaba» para sus inversores un 1 ó 2 por ciento al mes, subiera o bajara el mercado, arreciaran las pérdidas o soplaran buenos vientos. Al no hacer promesas exageradas, y al limitar su número de clientes, pudo mantener el esquema en funcionamiento durante
décadas.

Tales incrementos paulatinos de los beneficios, independientes del trimestre desastroso de resultados o del mal año ocasional, son patentemente imposibles. Algunos potenciales inversores echaron un vistazo a las operaciones de Madoff y probaron puntualmente. Algunos de los millonarios, multimillonarios y corredores profesionales de dinero que de forma imprudente entregaron su dinero a Madoff fueron culpables de permitir que la avaricia se impusiera a sus sentidos de la observación y el razonamiento.

Pero no todos los inversores de Madoff podían desconocer por completo lo que pasaba. Al menos unos cuantos se habrían dado cuenta a la fuerza de lo improbable que era que hubiera desarrollado algún tipo de estrategia o técnica inverosímil que siempre ganara dinero, al margen de lo que sucedía en los mercados financieros. Algunos inversores, me atrevería a apostar, habrían calculado que podían meter su dinero, llevarse su trozo del pastel y salir antes de que todo el castillo de naipes se viniera abajo.

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Lo cual me hace preguntar cuántos de nosotros teníamos la cabeza sobre los hombros cuando el precio de la vivienda andaba por las nubes a golpe de pequeños incrementos de estilo piramidal — alrededor del 10 por ciento o más al año en algunas partes del país — mientras los ingresos de la clase media permanecían estancados en gran medida. ¿Cuántos de nosotros nos detuvimos a preguntar quién era supuestamente capaz de poder pagar un millón de dólares por un apartamento suburbano estándar de dos alturas, incluso con cocina reformada con cámara frigorífica?

La industria de las hipotecas de riesgo entera se sustentaba sobre la idea de que el precio de la vivienda iba a subir siempre. Teniendo en cuenta esa premisa, tenía perfecto sentido para el comprador de la primera vivienda suscribir hipotecas de tipo ajustable que en realidad no se podía permitir.

Desde el momento en que se formalizaban los contratos de préstamo, estarían haciendo una inversión — a través de la apreciación de la vivienda — que en seguida haría fácil, y lucrativo, refinanciar la hipoteca o vender la propiedad.

En otras palabras: meter su dinero, llevarse su trozo del pastel y salir antes de que todo el castillo de naipes se viniera abajo.

No estoy diciendo que el estadounidense medio sea igual de culpable que Wall Street a la hora de generar esta crisis económica y financiera; nuestros pecados fueron veniales, mientras que los suyos fueron mortales. El fraude del que se acusa a Madoff era por lo pronto directo. Mucho peor fue la invención de exóticos productos de inversión «derivados» que se compraban y se vendían con enorme rentabilidad — productos cuyo verdadero valor resultaba imposible de comprobar. Mientras los precios del mercado inmobiliario siguieran subiendo, no importaba el valor de estas inversiones quiméricas. Lo que importaba para Wall Street era la capacidad de ingresar enormes honorarios salidos de gente corriente, en dólares tangibles, a canjear por dragones y unicornios.

Tras el estallido de la burbuja tecnológica y la burbuja de la vivienda, creo que nos hemos quedado sin burbujas durante un tiempo. El primer desafío de Obama — y podría llevar mucho más que su primer mandato — consiste en devolver a la economía al patrón del crecimiento tangible y sostenible. Podemos agradecer a Madoff habernos dado la explicación más simple posible de lo que supimos todo el tiempo, pero elegimos ignorar voluntariamente: que nadie da duros a cuatro pesetas.

Eugene Robinson
© 2008, The Washington Post Writers Group

 

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