Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. Entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña combatió por todo el mundo islámico confrontando insurgencias en Irak y Afganistán, por poner sólo dos ejemplos, y normalmente perdiendo. Esto despertó una buena cantidad de preocupaciones, análisis, angustias y las comisiones de rigor para determinar por qué la historia estaba siendo tan cruel. Lo que descubrieron los británicos era lo que podría haberles dicho Pogo: Encontraron al enemigo y era ellos.

Nadie expresó mejor el dilema lógico de Gran Bretaña en el período entre guerras que David Fromkin en la brillante y valiosísima obra acerca de la creación del Oriente Medio moderno, “Una paz con la que poner fin a toda paz.” Escribe, “Lo que se encontró Gran Bretaña en Oriente Medio fue una larga y puede que incesante sucesión de individuos y a menudo rebeliones locales espontáneas contra su autoridad. Las rebeliones no estaban encabezadas por extranjeros (como normalmente sospechaba Gran Bretaña); estaban dirigidas contra los extranjeros” — en otras palabras, contra la propia Gran Bretaña.

La lección que Gran Bretaña aprendió por las bravas ahora tiene que volver a ser aprendida partiendo de cero. El quid de Estados Unidos en Afganistán consiste en erradicar a al-Qaeda y suprimir la insurgencia Talibán — y hacer ambas cosas de forma y manera que no le convierta de liberador autoproclamado en opresor percibido. ¿Se puede hacer esto?

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Una vez más, Fromkin tiene algo que decir: “Quizá si el Imperio Británico hubiera conservado a su ejército de un millón de efectivos de ocupación en Oriente Medio, la población de la región se hubiera resignado a la inevitabilidad del gobierno británico… pero una vez que Gran Bretaña había desmovilizado a su ejército, la cadena de revueltas en Oriente Medio era predecible.” En otras palabras, lo que ahora nosotros llamamos incremento podría haber obrado el milagro, pero a Gran Bretaña no le quedaban efectivos, no le quedaba dinero y no le quedaban ganas. Dejó de querer emprender la guerra.

De alguna forma lo mismo se puede decir de Estados Unidos en la actualidad. El apoyo a la guerra de Afganistán se está esfumando; se le opone la izquierda y cada vez más el centro, y lo que de verdad podría conducir a la victoria — aplastar a los talibanes — son los niveles de efectivos que ahora parecen estar descartados. Si las filtraciones realizadas desde la Casa Blanca tienen algún significado, el Presidente Obama va a optar por un mini-incremento, condenado a llamarse Incremento Light, que significará de 10.000 a 20.000 efectivos adicionales y no los 40.000 o más que le gustarían al General Stanley McChrystal.

El problema es que la cantidad intermedia también es la cantidad problemática. Supone no estar ni aquí ni allí — no bastan para ganar pero son más que suficientes para correr el riesgo de despertar las iras de los locales. Es una estrategia diseñada para servir poco más que de estrategia aparente diseñada para hacer algo. No engaña a nadie y conducirá a una escalada o a una enorme reducción de efectivos. Sería mejor pasar a la segunda opción tan pronto como sea posible. Después de todo, hay vidas en juego.

El presidente de Afganistán es un corrupto. Hace poco logró una reelección fraudulenta. Su hermano está implicado presuntamente en el gigantesco e ilícito tráfico de drogas sin el que Afganistán no tendría una economía ni por asomo. El país se compara con frecuencia con Irak donde, hasta la fecha, el incremento sí funcionó. Pero Irak es diferente. Siempre tuvo una clase media y, por poner una única estadística reveladora, una tasa de alfabetización del 74,1%. La de Afganistán es de un decepcionante 28,1%. Si hubiera algo llamado Cuarto Mundo, Afganistán lo representaría.

Antes o después, la gente perversa de verdad presenta programas o es asesinada por vehículos no tripulados. Lo segundo será el destino de Osama bin Laden y su panda de monstruos — y cuanto antes mejor. Los talibanes podrían muy bien asumir el control de Afganistán — una catástrofe para las mujeres y las niñas, entre otros sectores — pero en realidad no más moralmente decepcionante que el hecho de que Estados Unidos se cruzara de brazos en 1991 mientras Saddam Hussein masacraba a los chiítas iraquíes, porque ello no afectaba a nuestra seguridad nacional. El verdadero motivo de preocupación en esto es Pakistán y sus cabezas nucleares. Si cualquiera de las dos cae en las manos equivocadas, puede que descubramos por las malas lo que provocó de verdad la extinción de los dinosaurios.

Existen muchas buenas razones para invertir tanto como podamos en Afganistán. Pero América lleva en guerra desde el año 2001, en guerra en Irak desde el 2003, y al igual que a Gran Bretaña durante el período entre guerras, se le agotan los fondos y la paciencia. Dejemos Afganistán en manos de los vehículos no tripulados y las Fuerzas Especiales. No es forma de ganar, pero es una buena forma de no perder.

Richard Cohen
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