Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. Hace algunos años estaba almorzando con John McCain en el comedor del Senado cuando un senador nuevo se detuvo a saludar. Era John Edwards. Su sonrisa era amplia. Emanaba felicidad. Fue elocuente y amable, y cuando se marchó arrancaba un gesto de apoyo de McCain: no lo pierdas de vista, aconsejó McCain. Y así lo hice.

Seguí el asunto reuniéndome con John y Elizabeth Edwards en su casa. Ella sirvió bocadillos, que yo recuerde, y luego se sentó para unirse a nosotros en uno de esos grandes debates políticos que enmascaran una formidable ambición. Era una pareja imponente. Washington bullía de actividad. Los Edwards podían cumplir sus ambiciones.

Ahora todo lo que quedan son cenizas, una carrera política consumida por lo que suele llamarse escándalo sexual. Sexo hubo – una relación extramarital confesa que trajo un hijo y que estuvo salteada de mentiras flagrantes por parte de Edwards. La historia ha sido a la vez terrible y excitante, pero el carácter sensacionalista de la misma no debe hacer olvidar la lección: John Edwards podría haber llegado a presidente.

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En cuestión de seis años de salir elegido al Senado y sin experiencia política previa, Edwards era el candidato a la vicepresidencia. Estaba en la lista con John Kerry, que perdió, vale, pero él solo era uno de los dos caballeros que pudieron haber ganado ese año. Como demostró Spiro Agnew o, para el caso, Eliot Spitzer, en política no hay nada seguro.

He sido especialmente duro con McCain por su elección irresponsable de Sarah Palin como compañera de lista. No retiro nada de lo que dije; a medida que conocimos mejor a Palin, más atroz era la elección – asombrosamente falta de preparación y de aptitud para la presidencia. Ella demuestra, en todo caso, que McCain también lo estaba.

Pero, ¿qué podemos decir entonces de la elección de Edwards por parte de Kerry? No encaja mucho en la categoría de Palin puesto que Edwards había estado un mandato en el Senado y se había labrado una carrera sorprendentemente lucrativa como picapleitos. Sin embargo, no sólo carecía de logros legislativos sino que, en perspectiva, esta claro que era un desconocido. Deslumbró como ídolo político – un perfil, un discurso, un espejismo de matrimonio.

El acenso inesperado de Palin y Edwards en menos de una década es suficiente señal de alarma de que hay algo que no funciona. También voy a añadir a Barack Obama al grupo, no porque sepa algo nefasto de él sino porque me doy cuenta cada vez más de que sé muy poco de él.

Cuando, por ejemplo, por la boca de Obama muere el pez, no estoy seguro de lo que es. Durante un rato es un populismo tendencioso, pero su sonido es metálico y falto de autenticidad, una táctica de campaña, nada más. Cuando, sin embargo, se nos pidió “dejar que Reagan sea Reagan”, pudimos estar seguros de que era la salva de un giro a la derecha. Reagan había dedicado muchos años a la causa conservadora. Obama, en cambio, llegó al Senado de Illinois hace apenas seis años.

Resulta característico de nuestros tiempos que en cuanto Scott Brown ganó oficialmente las elecciones extraordinarias por el antiguo escaño de Ted Kennedy en el Senado, se le preguntara por las ambiciones presidenciales. Tuvo el buen sentido de cortarse, pero sin duda, cuando su cabeza reposa en la almohada por la noche, escucha una nana con la música presidencial. Si Obama pudo pasar de Springfield a Washington en un instante, si Palin pudo pasar de Juneau a su propio avión de campaña, si Edwards pudo pasar de la audiencia a la candidatura a la vicepresidencia en un abrir y cerrar de ojos, ¿por qué no Brown? Qué importa que no sepamos casi nada de él.

El tiempo es oro. Es lento (a menos que tenga unos años) y tedioso, pero es la verdad medida en porciones de 60 unidades. Mis primeras impresiones de Edwards se tornaron en desilusión a medida que sus colegas y amigos le describían como extrañamente poco curioso, con aversión al trabajo, sin preparación con frecuencia. Cuando lanzó su segunda campaña presidencial, nos volvimos a encontrar – y quedé estupefacto ante lo que parecía desconocer de la pobreza, su campo de especialización predicado a los cuatro vientos. El caballero era casi todo fachada.

Hemos sustituido con las cámaras – fama, famosos – tanto los logros como el estudiado juicio de los colegas. La maquinaria política, la organización, hasta los propios partidos han desaparecido, gravemente atrofiados o desacreditados como (puagh) la referencia. En tiempos hacían las veces de filtros, comités de admisión, pero han sido sustituidos por una familiaridad falsa – la fama en su faceta más seductora y peligrosa. Fue el caso de John Edwards. No es un escándalo. Es una lección.

Richard Cohen
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