Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen- Washington. Las cosas van de mal en peor en Oriente Medio. Un acuerdo de paz palestino israelí está lejos de alcanzarse. El Líbano se acaba de convertir en estado de Hezbolá, lo que viene a significar que Irán se ha convertido en una potencia regional aún más importante, y Egipto, antes estable si bien tenuemente, ha sido precipitado al caos. Este es el panorama más espantoso de todos. El sueño de un Egipto democrático va a producir una pesadilla.

Los problemas de Egipto son enormes. Tiene una población que no puede sustentar, un estándar de vida que lleva tiempo estancado, una imagen propia como líder del mundo árabe (sunita) que no se corresponde, realmente, con la realidad, y carece de las instituciones civiles y políticas imprescindibles para la democracia. El próximo gobierno egipcio – o el que venga después – tiene bastantes probabilidades de componerse de islamistas. En ese caso, el acuerdo de paz con Israel será revocado y la turba que en la actualidad sale a las calles exigirá a gritos su anulación.

Mi opinión de todo esto es implacablemente pesimista. Israel me preocupa. También Egipto me preocupa, pero su supervivencia dista de estar en juego. Los valores democráticos me preocupan, pero son totalmente inútiles en sociedades que no tienen ninguna tradición de tolerancia ni respeto a los derechos de las minorías. Lo que queremos para Egipto es lo que tenemos. Esto, sin embargo, representa una crisis de identidad. Nosotros no somos ellos.

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Es imposible a estas alturas poner remedio a lo que está pasando en Egipto. La Hermandad Musulmana parece pasar desapercibida. ¿Es esto un reflejo de debilidad o de astucia? La Hermandad sigue siendo la única institución bien organizada de Egipto aparte del ejército. Lleva generaciones en el anonimato — encarcelada, torturada, infiltrada pero todavía, de alguna forma, floreciente. Su momento podría estar acercándose.

Bajo un nombre diferente (Hamás), la Hermandad Musulmana gobierna la Franja de Gaza. Los estatutos de Hamás afirman textualmente que quieren borrar a Israel del mapa. Mencionan los Acuerdos de Camp David de 1978 y no con admiración. (“Egipto fue, en gran medida, extirpado del círculo de la lucha a través del traidor Acuerdo de Camp David”). No hay duda de que en unos comicios egipcios, un llamamiento a rechazar el tratado demostraría ser popular — igual de popular que la paz con Israel no ha sido.

El pensador más influyente de la Hermandad Musulmana fue el egipcio Sayyid Qutb. Fue ahorcado en 1966, pero no antes de que lograra publicar una gran cantidad de obras. Mostró un valor casi sobrehumano y fue, en muchos aspectos, un caballero formidable. Pero también era un racista, un intolerante, un misógino, un antisemita y un ferviente enemigo de la mayoría de lo estadounidense. Como para demostrar que donde hay confianza da asco, pasó alrededor de dos años en Estados Unidos.

La crisis egipcia ha dado lugar a las tonterías habituales del papel de América. Estados Unidos sigue siendo poderoso e importante, pero ya ha perdido el control de los acontecimientos – tampoco es que lo tuviera alguna vez realmente. Por otra parte, lo que diga Washington a estas alturas no importa casi nada. Los islamistas de la Hermandad no desprecian a América por lo que hace, sino por lo que es. Lea el escándalo de Qutb a tenor de la vestimenta y el aspecto de las mujeres estadounidenses. Lea sus comentarios racistas sobre los negros. El estado islámico que concebía Qutb iba a ser racista, antisemita y también anticristiano. Trataría a la mujer como los talibanes hoy — si bien los talibanes también veneran a Qutb. Rechazó una oferta de indulto, diciendo que sus palabras pesarían más estando muerto. Tenía razón.

El gobierno de la mayoría es una idea digna. Pero también lo son el respeto a las minorías, la libertad religiosa, la igualdad de la mujer o el cumplimiento de los tratados, como el mantenido con Israel, la única democracia en la región. Es posible que los islamistas contemporáneos de Egipto piensen de forma diferente a Qutb en estas cuestiones. Si es el caso, entonces no hay razón para inquietarse. Pero Hamás en la Franja de Gaza, aunque recientemente moderaba su lenguaje, sugiere lo contrario. También Irán.

Esos estadounidenses y los demás que animan a las turbas callejeras de El Cairo y las demás ciudades egipcias, que piden a gritos declaraciones anti-Mubarak más contundentes a la administración Obama, harían mejor en dejar que Washington proceda con prudencia. Hosni Mubarak es historia. Ha permanecido en el poder demasiado tiempo, ha sido demasiado extravagante — y, con razón, dejó que su miedo al futuro anquilosara el presente. Egipto y todo Oriente Próximo están a punto de agitarse violentamente. América tiene que posicionarse en el bando correcto de la historia. Pero también tiene que estar en el bando correcto de los derechos humanos. Por esta vez, los dos pueden no ser el mismo.

Richard Cohen
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