Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington . El 21 de diciembre de 1988, Muamar Gadafi asesinaba a Theodora Cohen. Es una manera de decirlo. Cohen era una de los 259 pasajeros y tripulantes del vuelo 103 de la Pan Am. Me acuerdo de ella por motivos evidentes y también porque, parafraseando al escritor Erich María Remarque, la muerte de una mujer es una tragedia, la muerte de millones una estadística. Gadafi tiene sus estadísticas, pero es de una tragedia de lo que estamos hablando hoy. Vendrán muchas más.

Agentes de Gadafi también volaron por los aires la discoteca La Belle en lo que por entonces era Berlín Occidental. Era un lugar frecuentado por soldados estadounidenses. Gadafi apoyó otras actividades terroristas. Elogió la matanza de los atletas israelíes en las Olimpiadas de Múnich de 1972, así como el asesinato de Anwar Sadat. Mató a disidentes en Libia y envió agentes a matarlos en el extranjero también. Si gana la guerra civil en curso, va a matar a sus enemigos. Se avecina un baño de sangre.

¿Que cómo lo sé? No lo sé. Sólo puedo mirar al pasado – a lo que ha hecho Gadafi – y llegar a la conclusión de que hará lo mismo en el futuro. Se le puede detener, no obstante. Cuando el Presidente Reagan tomó represalias por el atentado contra la discoteca La Belle bombardeando a la propia Libia, Gadafi captó el mensaje y se tranquilizó. Cuando Gaddafi vio que América iba a por las (presuntas) armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, él se deshizo de las suyas. Hasta pagó compensaciones por el atentado del vuelo 103 de la Pan Am. Muammar Gaddafi es un demente, pero no un chiflado.

Al pedir la imposición de una zona de exclusión aérea sobre Libia, diversos políticos estadounidenses entre otras figuras han maridado sus metáforas históricas con el fin de defender su postura. Ellos citan la negativa de América a detener el genocidio en Ruanda y nuestra tardía respuesta a la masacre de civiles en los Balcanes. Sin embargo, Libia es – o ha sido – diferente. Es una guerra civil de algún tipo — la población contra el gobierno. No se ha ordenado ningún genocidio y no se ha perpetrado ningún genocidio. Libia no es Ruanda. Libia no son los Balcanes.

Pero podrían serlo. Y excluir esa posibilidad sería productivo si la administración Obama recuperara el juicio. Sus manifestaciones hasta el momento han sido el ajo de todas las salsas: Gadafi se tiene que ir… pero no si no quiere realmente. En una entrevista con el Washington Post, Ben Rhodes, del Consejo de Seguridad Nacional, proponía lo que The Wall Street Journal ha bautizado con razón “la Doctrina Obama”. Dice así: Tú vas adelante.

Sorprendentemente, la Casa Blanca quiere aguardar a que todos los demás hagan lo que sea — las Naciones Unidas, la OTAN, las “organizaciones multilaterales y relaciones bilaterales”, en palabras de Rhodes. Es la forma pomposa de decir que primero vamos a celebrar una reunión y luego convocaremos unas comisiones y a continuación nos volveremos a reunir aquí dentro de poco en algún momento… si Dios quiere.

Todo muy bonito — muy anti-George W. Bush, y esa es parte de la razón. Pero Obama ha interpretado la prudencia hasta el extremo de la dilación. La comunidad internacional nunca se pone de acuerdo en nada. Siempre recurre al liderazgo estadounidense. El Presidente galo Nicolás Sarkozy estableció relaciones diplomáticas formales con los rebeldes libios, pero el mundo casi no se dio cuenta ni le importó. Es Estados Unidos el que cuenta. Nosotros tenemos la pasta. Nosotros tenemos los conocimientos. Nosotros tenemos el ejército. Nosotros abrimos camino, ellos siguen. Puede no ser como tendría que ser. Es, sin embargo, como es.

Gadafi no es ningún paleto del desierto. Recibió entrenamiento militar en Gran Bretaña y Grecia. Sin duda le ha cogido la distancia a Obama y ha llegado a la conclusión de que es un incoherente. Gadafi en persona es todo lo contrario. Es audaz. Sólo tenía 27 años cuando se hizo cargo de su país. Está imbuido en megalomanía. Entre sus numerosos títulos nobiliarios está el de Rey de los Reyes del África. Lleva muchas coronas. Shakespeare conocía a los de su clase. El talento les precede.

No es demasiado tarde para que la OTAN imponga una zona de exclusión aérea sobre Libia. (Hasta la Liga Árabe la ha pedido). Una maniobra así no se terminaría yendo necesariamente de las manos. Ningún efectivo estadounidense fue a Bosnia hasta que se negoció la tregua. Llamar la atención de Gadafi y hacerles sabe que Estados Unidos no le va a permitir que masacre a su oposición como hizo Sadam con los chiítas y los kurdos — para eterna vergüenza del pasivo George H.W. Bush — sigue siendo apremiante.

Obama y Gaddafi constituyen una incongruencia. El presidente es un pensador; Gadafi es un asesino. A menos que Obama y Occidente hagan algo, se avecina un baño de sangre. Que se lo digan a los Cohen. Gadafi mató a su hija.

© 2011, The Washington Post Writers Group

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