Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. El primer momento WikiLeaks tuvo lugar el 17 de enero de 1998. Fue por entonces que el columnista Matt Drudge anunció que Bill Clinton había mantenido una aventura con una becaria de la Casa Blanca. La noticia, no obstante, no la dio a conocer Drudge. La dio a conocer el periodista de investigación Michael Isikoff. Su patrono, Newsweek, había aplazado la publicación. Drudge siguió adelante con ella — lo que viene a traducirse en que informó de que Newsweek tenía los detalles de la noticia. Los llamados medios de referencia tardaron cuatro jornadas en ponerse al día — una noticia en el Washington Post lo confirmó todo. ¡Qué tarde! ¡Qué lamentable!

Ahora está el New York Times publicando fragmentos importantes del reciente alijo de despachos que recibió no de WikiLeaks ni de su totalmente despreciable fundador, Julian Assange, sino del Guardian, un rotativo británico. Assange, al parecer, estaba cabreado por un incisivo perfil de él publicado en el Times. Pero también podría estar ofendido por la injerencia del Times en la anterior difusión de alrededor de 90.000 despachos militares. No lo sabremos hasta que los despachos internos de Wikileaks sean filtrados.

Lo que el escándalo Clinton y las revelaciones WikiLeaks tienen en común es el triste colapso de la función de guardián que cumple la prensa de referencia. Newsweek tenía presuntamente buenos motivos para aplazar la publicación de la crónica de Isikoff – razones que Drudge no compartía. El Times tenía una buena razón para analizar con detenimiento el alijo de WikiLeaks – podría haber en peligro vidas humanas — pero Assange lo colgó en el ciberespacio de todos modos, totalmente indiferente a que intereses estadounidenses pudieran salir perjudicados. De hecho, ésa podría ser la única razón.

La reacción natural es querer atacar a Assange de alguna forma, probablemente imputándole la violación de la totalmente desfasada Ley de Espionaje de 1917 o, en la calenturienta imaginación de algunos, declarándole terrorista y poniéndole en el punto de mira de algo irrevocable. El problema de cualquiera de estas cosas es que inevitablemente se enredan con el Times y el resto de la prensa como el Post, que también ha dedicado espacio y recursos considerables a las noticias. Todos permitieron que Assange llegara a una audiencia más amplia — levante la mano si ha visitado expresamente su página — y además le dio lo que viene a ser el Sello de Homologación del Buen Hacer Periodístico: Mire, esto es importante.

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El reto es impedir que la cura sea más dañina que la enfermedad. Por supuesto, algunos líderes mundiales se han sentido incomodados por las informaciones que se han recogido — el rey saudí Abdalá debería de hablar en yiddish siempre que quiera hablar sinceramente — pero hasta donde sabemos no se han desplomado cadáveres con un repugnante ruido de silenciador. De hecho, se podría decir que las filtraciones de cualquiera de las obras de Bob Woodward tienen mayor repercusión e importancia que las servidas a mansalva por Wikileaks. Y en lo que respecta al periodismo nihilista puro, le remito a la crónica de la revista Rolling Stone que costó su rango al General Stanley McChrystal y su carrera. La crónica no contenía absolutamente nada de valor real referente a la política o alguna desavenencia con el Presidente Obama. Pero aun así McChrystal, que sobrevivió a más de una refriega con el enemigo, fue abatido con un disparo limpio por la espalda.

Los gobiernos, como las parejas casadas, tienen derecho a tener secretos — ocultos a nosotros, a los chavales y a los vecinos. La transparencia total da lugar a la opacidad total. Si todo está abierto de par en par, nadie dice nada. Si usted quiere saber el motivo de que no haya ningún documento que detalle con precisión en qué momento George W. Bush decidió ir a la guerra en Irak, ello se debe a algo que dijo en una ocasión Dick Cheney: “Aprendí muy pronto que si no quieres que tus notas te metan en problemas algún día, simplemente no redactes ninguna”. En Irak, tanto él como Bush siguieron esa norma.

Una de las alegrías adolescentes de ser periodista solía ser saber lo que el resto no sabía — la noticia que circula detrás de la noticia. “Ustedes los periodistas lo saben todo”, decía Claudette Colbert a Fred MacMurray en “El lirio dorado”. Ya no. Ahora todo ve la luz del día y las corporaciones de medios como Gawker, la pequeña cloaca particular del periodismo, pagan por primicias tales como imágenes enviadas supuestamente por el futbolista Brett Favre a una relación ocasional. No es esto lo que tenía en mente Jefferson cuando defendió la libertad de prensa.

La conmoción de WikiLeaks pasará. Los diplomáticos volverán a ser una vez más indiscretos en los cócteles y se pillarán en renuncios mutuamente de la misma forma que hay gente que se casa repetidamente, para siempre cada vez. Lo único peor que la indiscreción son los esfuerzos por castigar a los culpables de erosionar el derecho constitucional central a publicarlo todo menos los secretos de la seguridad nacional más evidentes y flagrantes. El gobierno tiene que ser mejor guardando secretos. Amordazar a los confidentes indiscriminados – pero no a la prensa.

Richard Cohen
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