Ellen Goodman

Premio Pulitzer al comentario periodístico.

 

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Ellen Goodman – Boston. Hubo un tiempo en que me consideraba la reina de la multitarea. Esto, por supuesto, era en los tiempos en los que las Olimpiadas de la multitarea tecnológica se disputaban abriendo el lavavajillas mientras hablaba con mi madre por teléfono.Saltamos hasta mi oficina, donde estoy sentada delante de un ordenador con un teléfono fijo a mi izquierda y un iPhone a mi derecha. Mientras escribo con mi Word, Google me cuenta las últimas noticias del debate de la reforma sanitaria, entran correos electrónicos en dos de mis tres cuentas y recibo un mensaje de texto de mi hija.

Hasta esto, sin embargo, me sitúa a la cola de la escala de la multitarea, ya que no estoy escribiendo en el muro de Facebook mientras navego por la red, bajo cosas de iTunes y conduzco.

La verdad es que soy muy mala en multitarea. Peor aún, estoy convencida de que mi incapacidad para comentar en YouTube y chatear en mensajería instantánea al mismo tiempo me convierte en un dinosaurio tecnológico. Sin duda, la generación más joven verá con condescendencia mi incapacidad para enviar SMS y hablar a la vez con la misma naturalidad con la que yo compadezco la incapacidad de cualquiera para hablar y masticar chicle al mismo tiempo.

Más concretamente, he vivido con la convicción de que la gente que ve la televisión mientras twitea y navega por la red tiene una habilidad secreta, como los polifónicos que pueden cantar dos notas al mismo tiempo.

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Ahora me entero por Clifford Nass, de la Universidad de Stanford, que no hay ningún secreto. Los que son buenos en multitarea no son mejores en nada. Ni siquiera en multitarea. Son peores.

Nass, que imparte interacción computacional, dirigió un equipo de investigación que hizo estudios a 100 estudiantes, con capacidad de multitarea elevada o pobre. Los de la capacidad elevada tenían problemas de atención, peor memoria y se distraían con mayor facilidad. No podían pasar bien de una tarea a otra, y no sabían organizarse. No sabían distinguir lo que era importante de lo que no lo era.

“No iniciamos esta investigación intentando machacar a los multitarea sino concretar su talento,” dice Ness. “Y descubrimos que no tienen ninguno especial.”

Nass tiene pendiente estudiar si tenían problemas de atención desde el principio o si son empujados por las distracciones. Pero hay motivos fundados para pensar, dice, que “podríamos estar educando a una generación de chavales cuya capacidad de atención podría haber sido destruida”.

Antes de suspirar aliviada y enarbolar esta investigación con los contactos delante de las caras (distraídas) de sus hijos, hay que apuntar un par de cosas a tener en cuenta. En primer lugar, como dice con tristeza Nass, muchas personas de elevada capacidad de multitarea están convencidas de ser la eficiencia personificada. Pueden hablar y mascullar correos electrónicos al mismo tiempo.

En segundo lugar y en la misma línea, la inmersión mediática simultánea ha pasado a ser la nueva norma. ?ste es el aspecto que tiene la normalidad.

Es la norma que haya oficinas en las que la gente esté obligada con frecuencia a tener abiertas salas de chat y a responder el correo en un máximo de 30 minutos. Es la norma en los estadios deportivos que los hinchas que ocupan los mejores asientos realmente ven el juego en grandes pantallas de televisión enviando SMS a los amigos. Es la norma en las aulas que la lección del profesor compite con la página de la red social de turno en el portátil.

También es la norma social. Forma parte de un mundo en el que la gente camina junta hablando de manera independiente por el móvil. En el que se escucha el cliqueo del ordenador de un amigo cuando se está hablando por teléfono. Y en el que Nass había visto recientemente a dos estudiantes manteniendo una conversación muy seria mientras uno de ellos navegaba por Internet.

Si la matraca de la multitarea en varios soportes no nos está enseñando a prestar atención, ¿también nos enseña a no esperar atención? Nass, que está ampliando su investigación a todo el mundo, desde los pilotos a los párvulos, ha empezado a preguntarse por los estudiantes.

“Desconozco que esta generación valore la atención centrada. La noción de que la atención es el centro de una relación está perdiendo fuerza,” sospecha. “¿Sigue siendo el mejor regalo que puedo dar decir a alguien ‘voy a dedicarte toda mi atención’?” ¿O la multitarea nos ha conducido a una especie de infidelidad de atención?

Lo que estamos aprendiendo son nuestros límites. No sólo en la conducción, donde enviar mensajes mientras se conduce es igual de frecuente que de aterrador, sino en la mesa donde los hijos insisten (erróneamente) en que saben enviar mensajes y hablar a la vez, en la oficina en la que la multitarea es multidistracción, y en las relaciones en donde la interacción frente a frente compite con Facebook.

Resulta que sólo tenemos una cantidad concreta de atención que prestar. ¿Cómo mantener su valor en un mundo de múltiples soportes?

Te lo explicaré tan pronto como responda a este e-mail…

Espera, ¿dónde estaba?

Ellen Goodman
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