Ellen Goodman

Premio Pulitzer al comentario periodístico.

 

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 Ellen Goodman – Boston.  Esperemos que la caída de Sonia Sotomayor camino de Washington no se convierta en una metáfora de su viaje al Tribunal Supremo. Por el momento, el tobillo roto que la obligó a recorrer las instancias del Senado en muletas sacó el caballero que sus detractores llevan dentro.

El Republicano David Vitter, por ejemplo, la recibió con una bolsa de hielo y una almohada. ??Espero que todos observen que algunos Republicanos también tienen empatía,” dijo sutilmente. No estoy segura de la empatía, pero tras los recientes dardos lanzados a la candidata como alguien demasiado agresiva y/o no lo bastante brillante, apostaré a la faceta de sexismo más benigna del comportamiento caballeroso.

En cualquier caso, esto desvió la conversación del programa reality del mes: “Política de minorías, segunda parte.?

No puedo evitar observar que en la trama de Sotomayor, la acusación de “política de minorías” es empleada contra novatos relativos. Aún me queda por ver a un miembro homologado del estamento difamado como practicante de este oscuro arte. A esos efectos, la propia política de identidad parece ser exclusivamente un asunto racial, sexual o de minorías.

Considere lo sucedido cuando Dick Cheney se declaró a favor del matrimonio homosexual. ??Yo creo, verá usted, que libertad significa libertad para todos,? dijo. ??Creo que la gente tendría que ser libre de tomar parte en el tipo de unión que le apetezca, cualquier tipo de acuerdo que quiera.?

Por supuesto, es enteramente posible que el defensor más ferviente de la tortura que tiene el país crea simplemente que el vínculo marital debería ampliarse a todo el mundo. Pero está bastante claro que Cheney llegó a esta opinión a causa de su, esto, identidad, en calidad de padre de una hija lesbiana, Mary, que está criando a su nieto con su pareja, Heather. Parafraseando a Sotomayor, ¿el padre de un hijo homosexual no entenderá algo mejor que el padre que no comparta esa misma experiencia vital?

Recuerde a los varones jóvenes totalmente contrarios al Artículo IX del deporte juvenil siendo miembros de equipos universitarios de lucha. Muchos pasaron a ser grandes entusiastas en cuanto sus hijas quisieron el mismo trato en el campo de lacrosse. ¿Política de minorías? Ciertamente.

Una amiga mía, católica practicante, saltó de su banco después de que su sacerdote bendijera a todos esos feligreses “desde la concepción natural hasta la muerte.? ¿Cómo se atreve a no bendecir a mis dos nietos? preguntó esta abuela de hijos nacidos de la fecundación in vitro. ¿Política de identidad? Absolutamente.

¿Y notó también el silencio cuando Laura Bush dijo de Sotomayor, ??como mujer, me enorgullece que haya otra mujer en el tribunal?? Metida de pata.

Todos tenemos múltiples vínculos con minorías, pero el diálogo político cambia. Cuando era pequeña en Boston, la política de minorías era tan natural como los vecindarios. Sólo que entonces se llamaba política étnica. Pero a finales de la década de los 60, los irlandeses, los italianos y los judíos a los que se había apartado de los clubs Yankee y las corporaciones con frecuencia quedaban desconcertados al encontrarse metidos en el mismo saco y etiquetados de la misma forma: hombres blancos.

Pero nadie sugiere hoy que el magistrado que preside el Supremo, Johnn Roberts, esté practicando política de identidad cuando, como escribía hace poco Jeffrey Toobin en el New Yorker, plasma “la opinión de que el tribunal debería rendir pleitesía a las relaciones de poder existentes dentro de la sociedad.?

Mientras nos ocupamos de ello, la gente que se denomina originalistas — seguidores puristas de los Padres Fundadores — deberían observar que algunos de los Padres se identificaron más con los dueños de esclavos que con los esclavos. Más con los maridos que con las esposas. ¿No habría alcanzado una esclava sabia “con la riqueza de su experiencia” una conclusión mejor de la peculiar institución de la esclavitud? ¿Una mujer sabia no habría llegado a una conclusión más rápida acerca del sufragio universal?

Una de las ironías de la nominación de Sotomayor es que su “identidad” ha sido interpretada como producto exclusivo de su sexo y su etnia. Los demás fragmentos de identidad — la niña que vive en viviendas públicas, la primera en no querer ser madre, etc. — son apartados. Mientras tanto, hasta sus defensores se sienten obligados a demostrar que sus veredictos  no están influenciados porque sea latina. Por supuesto, no hay nada femenino ni puertorriqueño en la gran mayoría de los casos. Pero los partidarios han eliminado de manera selectiva sus veredictos para demostrar que ella dictó sentencia “como la mayoría” en cuestiones relativas a la ley de inmigración.

Las vistas de confirmación arrancan el 13 julio. El hecho mismo de que tenga que demostrar su imparcialidad ante un Senado que en más de tres cuartas partes es blanco y masculino es algo barroco. Pero dediquemos estas audiencias a la memoria de Ginger Rogers.

Como dijo una vez la difunta Ann Richards, Ginger tenía que hacer lo mismo que hacía Fred Astaire, sólo que ella lo tenía que hacer de espaldas y subida a unos taconazos. Sonia Sotomayor va a tener que bailar de espaldas y con muletas.

 Ellen Goodman

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