E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. ¿Podría alguien recordarme por favor qué es lo que estamos logrando en Afganistán? Que no responda todo el mundo a la vez. No, me refiero a las cosas buenas que estamos logrando. ¿Quién? ¿Alguien me escucha?Cuanto más sabemos del conflicto — tanto a través del campo de batalla como de la Casa Blanca — más deprimente se vuelve. La imagen que surge es la de una campaña militar fallida cuyo rumbo se decide a través de la tendencia, no de la lógica. Todo el mundo parece captar este hecho, pero nadie está dispuesto a detener la locura. De manera que seguimos.

En mi caso, la revelación más impactante de la nueva obra del periodista por excelencia Bob Woodward, “Las guerras de Obama”, es el extremo al que los funcionarios que planifican e implementan esta guerra reconocen lo improbable que es que termine bien.

Empezando por el Presidente Obama. Hizo campaña a cuenta de la postura de que Estados Unidos debía poner fin a la guerra de Irak para poder dedicar más atención y recursos a Afganistán, que posteriormente ha bautizado como “la guerra de necesidad”. Una vez en el puesto, rápidamente aprobó la urgente petición del Pentágono de 21.000 tropas regulares adicionales. Pero antes de asumir cualquier compromiso adicional, sensatamente ordenó una revisión integral de los objetivos de la guerra, la estrategia y las perspectivas. Hasta aquí bien.

Pero entonces, según la crónica de Woodward, el presidente examinó las dos opciones principales que se le planteaban, decidió que no iban a funcionar, y procedía a inventar una estrategia propia. Los Generales querían 41.000 efectivos adicionales para llevar a cabo un programa de contrainsurgencia destinado a ganarse la voluntad y la lealtad del pueblo afgano utilizando todos los medios disponibles. Los escépticos, encabezados por el Vicepresidente Biden, defendían una opción “híbrida” — esencialmente, una estrategia de contraterrorismo sustentada en destruir a los talibanes — que sólo precisaría 20.000 tropas regulares adicionales.

Llegados a este punto, observará, la cuestión había pasado a ser cómo escalar acusadamente la guerra — no si escalarla en alguna medida o no.

Obama estaba profundamente preocupado por el coste, tanto humano como financiero, de un compromiso militar indefinido. Insatisfecho con la forma en que el Pentágono trataba de manipular el debate, el presidente se hizo cargo de redactar un “acuerdo no vinculante” que Woodward describe como “el compromiso legalista”. Limitó el incremento a los 30.000 efectivos, reemplazando la palabra “contrainsurgencia” con el nuevo mantra de “capturar, entrenar y transferir”, y decretó que nuestros efectivos enviados dentro de este incremento limitado empezarían a volver en julio de 2011. Se suponía que todo esto iba a eliminar cualquier “margen de maniobra”.

Pero el Pentágono maniobra mejor que las bailarinas de lo que se denomina eufemísticamente “un club de caballeros”. Casi inmediatamente, el Secretario de Defensa Robert Gates y el alto mando empezaron a decir a cualquiera que se prestara que el próximo julio es simplemente una fecha para iniciar una retirada — tal vez de unas cuantas tropas relativamente, y sólo si “las condiciones” lo permiten. Woodward cita al General David Petraeus, representante militar de Obama en Afganistán, diciendo en privado, “Hay que reconocer también que no creo que se vaya a ganar esta guerra… Este es el tipo de lucha en el que pasamos inmersos el resto de nuestras vidas y probablemente las de nuestros hijos”.

¿Puede alguien explicar en qué se diferencia eso del compromiso indefinido que Obama dice haber rechazado? Me parece que no.

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Esta ensalada de contradicciones podría tener sentido si estuviéramos llegando a algo. Pero la administración del Presidente afgano Hamid Karzai es igual de errática y corrupta, los talibanes siguen siendo fuertes y han ampliado su radio de operaciones, y hasta los partidarios más optimistas de la guerra consideran limitado y frágil cualquier progreso que hayamos hecho. Los militaristas critican al presidente por imponer su plazo — informando al enemigo, en la práctica, de que sólo tiene que esperar a que nos vayamos — pero si se asume que las tropas estadounidenses se marcharán alguna vez, la fecha concreta es irrelevante. Es el país del enemigo, no el nuestro.

Pero esta guerra sólo guarda una relación tangencial con Afganistán. El verdadero problema es el Pakistán dotado de armas nucleares, nuestro supuesto aliado, que ha jugado a dos bandas — aceptando miles de millones de dólares de los Estados Unidos para combatir el terrorismo al tiempo que presta asesoramiento y apoyo clandestinos a los talibanes y tolera la presencia de la dirección de Al Qaeda. El gobierno civil de Pakistán es débil, su institución militar lleva las riendas, y el eje de su seguridad nacional es La India, ni Afganistán ni la amenaza del terrorismo internacional.

“Tenemos que dejar claro a todo el mundo que el cáncer se encuentra en Pakistán”, decía Obama durante su examen de la estrategia bélica, según el libro de Woodward. Pero si el objetivo de esta guerra es en realidad influenciar el curso de los acontecimientos en Pakistán, no estamos haciendo un trabajo muy bueno.

Una última pregunta: ¿no va siendo hora de otro examen de estrategia?

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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