E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson-Washington. “Celebrar estas vistas no tiene nada de antiamericano ni de radical”, decía el jueves el congresista Peter King, R-N.Y., al abrir el expediente McCarthysta a los musulmanes estadounidenses. No podría estar más equivocado. Si King busca amenazas a nuestras libertades y valores, un espejo es el lugar del que empezar a buscar.Este es el motivo. Imagine un joven, musulmán, que cambia de forma problemática. Sus dos mejores amigos se inquietan, y luego se alarman a medida que el joven caballero abandona la vestimenta occidental, muestra una inusitada religiosidad nueva y empieza a plasmar la retórica yihadista acerca de la decadencia de la sociedad estadounidense. Los dos amigos sospechan que el joven se ha radicalizado y que hasta podría intentar alguna clase de atentado terrorista.

Un amigo es musulmán, el otro cristiano. ¿El amigo musulmán tiene una mayor responsabilidad que el amigo cristiano a la hora de llamar a las autoridades? Según la lógica de la caza de brujas de King, sí.

Las vistas del Comité de Interior que ha convocado King se presentan como una investigación de “El grado de radicalización de la comunidad musulmana estadounidense y la respuesta de la comunidad”. En otras palabras, King sospecha que la comunidad musulmana es cómplice de alguna forma. Los individuos de una confesión están implicados; los individuos de otra no.

Como decía el congresista Keith Ellison, D-Minn., uno de los dos musulmanes del Congreso, en su conmovedor testimonio, la premisa de King asigna “la culpabilidad colectiva” a los musulmanes estadounidenses. “Exigir una respuesta a nivel colectivo… avala que la comunidad entera tiene parte de responsabilidad”, decía Ellison.

En su belicosa intervención de apertura, King destacaba que sus planes de celebrar estas vistas han sido criticados por “grupos de interés y medios” que decía “han llegado a extremos de rabia e histeria” ante la perspectiva. “Echarse atrás sería una rendición cobarde a la corrección política”, decía. Por si a alguien se le escapa la idea, King decía más tarde que es nuestro deber “dejar a un lado la corrección política y definir quién es de verdad nuestro enemigo”.

King afirmaba que “este comité no puede vivir en negación”. A continuación entraba directamente en eso — negación — al no prestar ninguna atención a los testigos en mejor posición de responder a la pregunta de la comisión.

El comisario de Los Ángeles Lee Baca era testigo contrario a la premisa de King, citando unas cifras que demuestran que los actos radicales y extremistas de delincuencia son también cometidos por los musulmanes, y que 7 de las 10 últimas conspiraciones terroristas que implican a al-Qaeda han sido frustradas en parte gracias a informaciones proporcionadas por musulmanes estadounidenses. Baca decía que sus agentes mantienen buenas y productivas relaciones con los líderes y los ciudadanos musulmanes. Los agentes del orden de otras jurisdicciones en los que hay grandes comunidades musulmanas podrían haber prestado testimonios parecidos, de haber sido invitados.

King está tratando de extender la tontería de que los musulmanes moderados no se pronuncian contra el fundamentalismo. Hizo falta la congresista Sheila Jackson Lee para destacar la ironía de que entre los testigos del comité había dos musulmanes devotos — un estadounidense de origen sirio y un estadounidense de origen somalí — que estaban allí para pronunciarse, de forma bastante clara, contra el extremismo.

King, en la práctica, exige saber el motivo de no ver lo que está sucediendo ante sus ojos. Puede que estuviera distraído por la necesidad de mantener la alerta constante frente a cualquier atisbo de corrección política.

?se es realmente el motivo de la postura de King. El propósito de estas vistas no es reunir información. Si lo fuera, el FBI y el Departamento de Interior habrían sido llamados a declarar. Además de invitar a Abdirizak Bihi, el residente de Minneapolis de origen somalí cuyo sobrino fue reclutado por la organización terrorista al-Shabab, King podría haber llamado a la policía de Minneapolis a prestar testimonio acerca de la cooperación de la comunidad inmigrante somalí.

La intencionalidad de King es teatral, no sustancial; no está tratando de llegar a los hechos, está suscitando abucheos – y vítores.

No debería ser así, pero la islamofobia es una fuerza poderosa en política estadounidense. Hay quien aplaudirá a King por vincular “comunidad musulmana estadounidense” con la frase “quién es el verdadero enemigo”.

Pero el pudor también es una fuerza poderosa. El momento indeleble de las vistas se produjo cuando Ellison se echó a llorar. Estaba relatando la historia de Mohammed Salman Hamdani, un joven musulmán que acudió al World Trade Center a intentar rescatar víctimas justo antes de que las torres se derrumbaran. Sus restos fueron encontrados entre los escombros.

Hamdani no era sólo un musulmán, decía Ellison, luchando por pronunciar palabras que nadie puede tachar de políticamente correctas. Era “un estadounidense que dio su vida por sus conciudadanos americanos”.

© 2011, The Washington Post Writers Group

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