E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson -. Washington. Casi por definición, un hombre que encaja en la definición de canalla no es un ser humano absolutamente intachable. Hay, sin embargo, canallas cuyo comportamiento muestra una cierta brillantez, un talento innegable, cierto sentido del humor y una humanidad genuina, si bien profundamente alterada. El antiguo alcalde de Washington Marion Barry, diría yo, es uno de esos canallas sinvergüenzas “amables”.John Edwards no. Su canallesco, al parecer, no tiene ningún valor social ni político redentor. Es simplemente un canalla sin paliativos.

Según informaciones ampliamente difundidas, un antiguo ayudante cercano a Edwards ha cerrado un acuerdo literario en el que afirma que el ex candidato presidencial es en realidad el padre de la hija de 19 meses de su amante — lo cual Edwards ha negado categóricamente. El asesor, Andrew Young, es el primer aludido: cuando la aventura salió a la luz, Young permitió ser declarado padre de la criatura. Fue una mentira, dice ahora Young, destinada a salvar lo que quedaba de la carrera política de Edwards.

Pero eso no es lo peor de todo – y ciertamente no es lo más mezquino. Young afirma, además, que Edwards prometió a la amante, Rielle Hunter, que se casaría con ella una vez que su esposa Elizabeth hubiera fallecido del cáncer terminal que sufre. Y que celebrarían una ceremonia de alto copete en Nueva York. Y que la Dave Matthews Band interpretaría la música.

Puede que sea lo más desvergonzado que he escuchado nunca.

A mí me gustaba mucho John Edwards. No, no me quedé impresionado por su sonrisa perfecta ni los cortes de pelo de 400 dólares ni la mirada limpia con la que te miraba a los ojos y proyectaba una sinceridad propia del abogado defensor de renombre. Siempre que tenía una conversación con él, me sentía como si yo fuera el portavoz de un jurado que escucha las conclusiones bien ensayadas.

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Me gustaba el hecho de que todo su artificio y ambiciones estuvieran bien a la luz. Me gustaba su carácter combativo, sus habilidades como polemista, su inteligencia rápida. Me gustaba su saga personal – su ascenso a la cima desde la base de la pirámide social. Me gustaba su familia, y sobre todo me gustaba la historia de su familia — el longevo matrimonio que había sobrevivido a tantas pruebas crueles. Durante un almuerzo que compartimos en 2006, pregunté por Elizabeth, cuyo cáncer estaba remitiendo. Por un momento, la fachada desapareció y apareció el ser humano. Había esperanza en sus ojos, y amor, cuando me dijo que aún no había vuelto a presentarse la enfermedad.

Pensé en el mundo de Elizabeth – su tenacidad, su compromiso, su gracia – y supongo que asumí que si a ella le gustaba el tío, no podía ser alguien tan malo Me olvidé de la primera regla del periodismo: Nunca dar nada por sentado.

Así que cuando los reporteros de la revista National Enquirer acorralaban a Edwards en el Beverly Hilton, donde había concertado una reunión secreta con Hunter y el bebé, me quedé atónito. Yo sabía que los hombres casados se van de picos pardos a veces, en especial los casados que son ricos, famosos y son atractivos a rabiar. También sabía que el cáncer puede pasar una factura brutal al matrimonio, y que a veces ni siquiera los más fuertes sobreviven. Pero él no sólo había traicionado a su esposa, había traicionado al personal del gabinete, a los voluntarios y a los votantes que habían depositado en él su confianza y su trabajo. Había traicionado el Partido Demócrata y, potencialmente, a la nación. ¿Qué pasa si este escándalo hubiera estallado una vez ganada de alguna manera la candidatura?

Después de todo, Edwards sabía que el Enquirer le pisaba los talones — el tabloide había publicado informaciones de la aventura con anterioridad. Acudir a esa reunión con la amante y “el hijo deseado” en el Beverly Hills manifiesta una imprudencia que como poco es patológica.

Siguieron surgiendo más patologías. Edwards insistía en una imposibilidad física de ser el padre de la hija de Hunter, como si la verdad no fuera nunca a salir a la luz.

En el curso de lo que Young describe como un elaborado subterfugio para ocultar la paternidad de Edwards, dos de los ricos donantes de la campaña del antiguo senador fueron intervenidos telefónicamente hablando de dinero destinado a Hunter en lo que parece ser una operación para comprar su silencio. Edwards está siendo investigado por la fiscalía federal por posibles violaciones de las leyes de financiación de campaña, si bien creo que será difícil para la fiscalía echarle el guante.

¿Pero estar haciendo planes con su amante para el día en que Elizabeth fallezca? ¿Planear una boda post-funeral? ¿Elegir la orquesta que va a tocar? Incluso si todo esto fuera sólo una invención encaminada a tranquilizar a Hunter y mantenerla callada, ya no puedo tener ningún “aprecio” por John Edwards. El tipo perdonable de canalla nunca podría hacer algo así. Sólo el de la peor calaña puede.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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