E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. Ciudad de México es una de las aglomeraciones urbanas más grandes del mundo, un valle montañoso denso y prolífico con una población de más de 20 millones de habitantes. Los enclaves ricos tienen el lustre de Manhattan o Beverly Hills, pero gran parte del área metropolitana es anodina y anónima. Debe de ser un lugar perfecto para desaparecer.

Pero de alguna forma, en medio de todo el caos y el alboroto, las autoridades sanitarias mexicanas observaron una franja de defunciones inusual — primero un puñado, unas cuantas docenas después. Ese descubrimiento condujo a la identificación de una nueva cepa potencialmente mortal de gripe, y a estas alturas los gobiernos de todo el mundo difunden avisos de desplazamiento, hacen acopio de medicinas, sondean a los hospitales en busca de posibles casos de “gripe porcina” y, por supuesto, dicen a la ciudadanía que mantenga la calma.

La respuesta inicial al brote de la gripe, que podría tener el potencial para convertirse en una pandemia, ilustra antes que nada lo sensible y dinámico que ha llegado a ser el sistema de supervisión sanitaria global. Si el mundo se va a ver devastado por una enfermedad infecciosa, la probabilidad dicta que la vamos a ver venir.

Las muertes inusuales en Ciudad de México que hicieron que las autoridades dieran la alarma no fueron, después de todo, tan inusuales. Se da por sentado que habrá muertos a consecuencia de la gripe durante el período de incidencia de la gripe. Pero no es normal que adultos sanos relativamente jóvenes mueran a consecuencia de la gripe, como está sucediendo ahora. Supuso un verdadero avance para las autoridades observar unas cuantas muertes anómalas y unir los puntos.

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La reacción a la nueva gripe — que combina material genético procedente de los virus de la gripe aviar, porcina y humana — también ilustra la forma en que dedicamos un montón de tiempo a preocuparnos por los desastres potenciales erróneos.

Muchos expertos en el análisis de riesgo achacan esta inquietud mal emplazada al factor ??pavor?. El ejemplo clásico es el transporte aéreo. La idea de morir en un accidente de aviación resulta tan horrible que algunas personas se niegan a volar, incluso cuando se señala que es mucho más probable que mueran en un accidente de tráfico mientras se dirigen en coche al aeropuerto.

De igual manera, cuando como nación nos fijamos en los peligros que plantea el mundo de hoy, nuestra atención se ve cautivada por la posibilidad más terrible. Cuando era un niño, estábamos aterrorizados por un intercambio nuclear con la Unión Soviética: hacíamos simulacros “bajo los pupitres” en el parvulario, como si los misiles balísticos intercontinentales no fueran rival para nuestros robustos pupitres. Hoy, los rusos siguen teniendo suficientes armas nucleares para vaporizarnos, pero apenas nadie se preocupa de esto ya. Nos centramos, en su lugar, en la posibilidad de que de alguna manera los terroristas se hagan con un dispositivo nuclear y lo accionen en alguna ciudad estadounidense.

Esto significa que el debate de nuestra política exterior en estos días se centra en el inestable Pakistán, que tiene armas nucleares, y el beligerante Irán, que se emplea a fondo por conseguirlas. Obviamente, esa región debe ser nuestra principal prioridad. Pero también deberíamos pensar en otras amenazas que potencialmente pueden provocar una pérdida de vidas mucho mayor que cualquier ataque terrorista concebible — y que acechan mucho más cerca del país.

La pandemia de gripe de 1918 se cobró alrededor de 50 millones de vidas en todo el mundo. No hay pruebas de que la nueva variante de gripe porcina sea remotamente tan mortal como la gripe de 1918, y en la práctica los casos identificados hasta la fecha en Estados Unidos han provocado solamente una hospitalización y ningún muerto. Pero el motivo de que las autoridades decreten estados de emergencia y monitoricen la propagación de la enfermedad es que saben, con trágico detalle, los estragos que provocaría una gripe del estilo de la de 1918.

Hace varios años, cuando estalló la gripe aviar en Asia, me puse en contacto con unos cuantos expertos en análisis de riesgo para pedir sus declaraciones, esperando que dijeran que todo el mundo debía tranquilizarse simplemente. En su lugar, me dijeron que si alguien buscaba un desastre potencial legítimo por el que preocuparse, una pandemia de gripe mortal es una excelente elección.

Los funcionarios desconocen el motivo de que los casos de gripe porcina en Estados Unidos revistan mucha menos gravedad que los casos de México. Sí saben que la frontera Estados Unidos-México no supone ningún obstáculo, en lo que respecta a los microbios.

Allá por los tiempos en los que nos refugiábamos bajo los pupitres temerosos de un ataque soviético, estos primeros casos de gripe porcina habrían pasado desapercibidos. Como la mayoría de los brotes de la gripe, éste probablemente será contenido. Mientras tanto, voy a lavarme las manos con mucha mayor frecuencia de lo normal.

Eugene Robinson
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