¿No resulta curioso cómo el impredecible desenlace de la situación económica mundial era perfectamente predecible?

A riesgo de parecer vanidoso, me voy a hacer ping back a un post del 2007.

Este extraño fenómeno tiene una respuesta simple que algunos comienzan a ver, pero que como es obvio no pueden resolver personalmente. Se resumen en que el dinero es solamente un lenguaje, no un fenómeno de la vida humana (como el amor, la ambición, el hambre, el ansia de libertad…) que es lo que realmente se gestiona y lidera.

La crisis no es financiera, ni siquiera económica, es generacional puesto que los grupos de personas que la tienen liderar se mueven en mundos muy distintos, y eso está dejando el asunto en un punto muerto de indefinición de intereses.

La generación nacida entre 1945 y el 1960, que copa las Instituciones en sus principales puestos jerárquicos, creció con la ambición de terminar con el mundo antiguo y revolucionarlo hasta el capitalismo democrático que hoy día vivimos; mientras que la generación entre 1960 y 1970, que está comenzando a llegar a las Instituciones, ha crecido con la ambición de disfrutar de él (este fenómeno quizás sea mucho más visible en la generación que está por llegar, la de 1970 a 1980). De esta forma la crisis de confianza en el motor de la economía queda entre las dos aguas de sus ambiciones.

Quizás, con suerte, este asunto nos lleve a superar la terminología financiera y la ambición codiciosa por una escala de valores más solidaria, más comunitaria, con un concepto más generacional de lo común (al igual que se hace con los hijos, cómo no hacerlo con la sociedad). Ese será el reto de la generación que viene, para lo cuál ambas generaciones anteriores se tiene que poner de acuerdo en facilitarnos la labor como gran legado de su gestión. Lo terrible será el enorme sufrimiento humano que va a dejar entre medias.