Son funcionarios de Hacienda, pero se dedican a detener a narcotraficantes en pleno mar. España es uno de los pocos países que emplea a la Agencia Tributaria para perseguir el negocio de la droga. Los miembros de este dispositivo especial nos acogen en «El fulmar» y lo explican en radiocable.com…

Disponemos de dos grandes barcos para este tipo de operaciones… Nosotros, al ser civiles, sólo podemos actuar tras una orden judicial. No obstante, a nuestra tripulación, que suele estar formada por unas 18 personas, se añade en ocasiones un pequeño equipo de Policía o Guardia Civil.

Actúan en tanto que el tráfico de drogas es un delito de «contrabando», pero cuando los narcotraficantes son detenidos, además, se les acusa de un delito «contra la salud pública». Sus intervenciones están coordinadas a nivel internacional de manera que navegan por «Irlanda, Valencia o Venezuela».

No solemos tener problemas en las detenciones, de momento. Intervenimos los barcos con dos pequeñas lanchas y disponemos de un calabozo en el barco con 8 literas. Si hay más narcotraficantes, los acomodamos en el suelo. Como según la legislación española no se puede retener más de 72 horas a una persona si no hay decisión judicial, y desde que intervenimos hasta que llegamos a España pasan muchos días -hasta 42-, una vez cumplido el plazo, el juez nos hace llegar una orden que confirma su detención. Durante esos días, sacamos a los presos a la cubierta del barco y comen exactamente lo mismo que nosotros.

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La verdad es que el gobierno recibe muchas críticas por su política económica. Incluso personas cercanas al mismo cuestionan a Zapatero por los bandazos de los últimos anuncios.

Puede que sean críticas justas aunque lejos de ser algo extraño, parece normal que en una situación como esta se produzca malestar y desconcierto. Más, en un país en el que todos llevamos un pequeño seleccionador nacional dentro.

La crisis va a ser larga y para salir de ella se va a necesitar algún tiempo. Los márgenes del gobierno son pequeñísimos y son demasiadas las cosas que hay que rehacer. Quizá las medidas del gobierno nos hagan salir más tarde de ella, pero lo habremos hecho defendiendo a los más débiles y sólo por eso deberíamos estar aplaudiendo.

Es conveniente, además, recordar qué y quienes nos han hecho llegar a esta situación. Culpar al gobierno de la misma es  inexacto -quizá reconfortante, pero inexacto- porque ya se avisó de que después del ladrillo llegaría el ladrillazo; otra cosa es que nos pillara escurriendo el bulto. Así que su márgen de maniobra es bien pequeñito gracias a todos aquellos que han recortado los márgenes de acción de la política.

La reacción, subiendo impuestos, ni siquiera es muy original. Es similar a la de otros paises. Manuel Chaves, en EL PAIS lo explicaba: «Sarkozy ha creado el impuesto para las grandes fortunas y la Merkel ha subido el IVA». Hasta en EEUU han aceptado que Obama subiera los impuestos a los más ricos. E incluso el Estudio de KPMG que publicamos la pasada semana recomienda a otros paises seguir esa política.

Pero subir los impuestos escuece porque el mensaje ha sido eficazmente inyectado en la sociedad durante los años de bonanza y porque valoramos poco el estado de bienestar del que nos beneficiamos. Incluso semánticamente la palabra viene coloreada con todo tipo de consideraciones peyorativas: «impuesto revolucionario», «impuesto por el gobierno», «impuesto por la autoridad»…

No importa si los impuestos tienen la finalidad de mantener el alto grado de confort con el que vivimos o si hacen algo tan comprensible, tan honorable y tan cristiano como ayudar a quienes más dificultades tienen. No importa, porque son impuestos y las niñas bonitas, como sabe el barquero, no pagan dinero. Los buenos gobiernos bajan los impuestos, no los suben. El asunto se lo ha creido incluso el gobierno, que tiene una buena fila de niñas bonitas, sicavs, frotándose las manos.

Porque un fallo del que sí se puede culpar a los progresistas es el de no haber hecho esa taréa pedagógica durante los últimos años. Antón Losada, lo expresó muy bien en su columna de El Periódico:

A Zapatero, «parecen crecerle mil problemas, pero bien mirado todos se resumen en uno: confianza. Su problema ya no es la economía, sino la credibilidad. Y no porque tenga menos que el FMI o el BCE.
Tras dos años de show de tropezones a lo payasos de la tele, ha quedado claro que Arguiñano es el único que sabe de brotes verdes. Su problema tampoco es la oposición. […] Nada apuntala más la capacidad del presidente Zapatero que la incapacidad de Mariano Rajoy para ofrecer algo más que chistecitos de la crisis u homenajes a Camps.
[…] Tras una década de bajada de impuestos, los mismos gobiernos que los hicieron retroceder tendrán ahora que decidir lo contrario. Pero ni sus propios votantes entenderán por qué, mientras la izquierda siga dando por buena la ortodoxia dominante, donde los impuestos son un daño temporal que solo beneficia a la eficiencia económica cuando redistribuyen hacia quien más tiene….» [sigue Antón Losada en El Periódico]

Como dice David Cierco, pagamos impuestos para vivir mejor.

No quiero decir que el gobierno de Zapatero sea perfecto, ni que su política sea infalible y carente de fallos. Pero hay que darle al César lo que es del César. Y rezar, que recemos unos y otros, al Altísimo que corresponda, para que esta crisis termine cuanto antes.

Severn Cullis-Suzuki, una niña canadiense de 12 años fue elegida para hablar en la Cumbre de la ONU en Río de Janeiro en 1992. La amenaza del cambio climático era ya entonces más que evidente y la comunidad internacional trataba de dar los primeros pasos para combatirlo de forma conjunto. Las palabras de esta niña sacudieron a los delegados. Parecía que el mundo comprendía la lección. 17 años después, el discurso de Severn Suzuki sigue poniendo los pelos de punta. Pero lo más triste es que todo lo que denunciaba en 1992 sigue practicamente igual.

 

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Los adultos que rigen el mundo no han encontrado -a veces, ni las han buscado- soluciones y los problemas no sólo no se han arreglado, sino que en muchos casos han empeorado. El cambio climático y la pobreza amenazan el futuro de las nuevas generaciones, y la iniciativas aprobadas para reducir sus efectos apenas están teniendo impacto. Las palabras de 1992, sin apenas cambiar un coma, podrían servir para sacudir de nuevo a politicos y burócratas.

Hoy en día, con 28 años, Severn Suzuki sigue siendo activista ambiental. Se licenció en biología evolutiva y ecología por la Universidad de Yale. Ha ayudado a crear el think-tank ??The Skyfish Project? y participó en la comisión asesora especial de Kofi Annan para cuestiones de medioambiente. A los 10 años había fundadp ECO (Environmental Children??s Organization) con un grupo de amigos en Vancouver y fue con ellos con quien se desplazo en 1992 a la Cumbre de la Tierra, en Rio de Janeiro.

Su compromiso con el medio ambiente ha permanecido firme todo este tiempo. Y sigue dando charlas y conferencias para defenderlo. (Fuente: Xlaizquierda)

https://video.google.com/videoplay?docid=-7236803591204042715

«La Constitución no reconoce que un presidente de Gobierno o de comunidad tenga derecho a mentir a los ciudadanos, ni directamente ni en sede parlamentaria. […]
El auto rechaza expresamente el argumento de la defensa del presidente de la Generalitat de que no está acreditado que recibiera regalos de la trama Gürtel. Afirma, pues, que el presidente mintió en su declaración ante el juez y ante las Cortes valencianas. Y sin embargo, no ve en esta doble mentira ningún indicio de conducta constitutiva de delito, ordenando el archivo de las actuaciones.
No se entiende muy bien, porque la doble mentira del presidente está indicando que Camps sabía perfectamente que la aceptación de los regalos era una actividad delictiva, porque, de lo contrario, no habría tenido necesidad alguna de mentir. Si en lugar de trajes hubiera recibido anchoas, el presidente, con toda seguridad, no habría necesitado decir que no las había recibido. Como decía el magistrado instructor en su auto de imputación, hay regalos que en el uso social están admitidos y entre ellos no figuran los que Camps recibió de la trama corrupta. La doble mentira del presidente es una confesión de culpabilidad. ?l sabe que es culpable. Por eso ha mentido.
El delito cometido por la aceptación de los regalos se ve agravado todavía más por la doble mentira, en sede judicial y en sede parlamentaria…» [Sigue Javier Pérez Royo en El Periódico]

Fue en pleno verano, cuando el calor agota y adormece la conciencia, cuando Zapatero concedió una entrevista al New York Times y lo advirtió: ??España podría aumentar las tropas en Afganistan?. Era una sospecha a voces, pero no había sido confirmada. El Gobierno español aprobó ayer el envío de más soldados. Lo aprobó el 11 de septiembre, una fecha no elegida por azar.

Es natural que en el asunto de Afganistan uno tenga más preguntas que respuestas: nuestra responsabilidad como país, como seres humanos, como parte del mundo que vivimos, como parte de Naciones Unidas…

Pero cuando las preguntas superan a las respuestas, yo suelo utilizar la balanza:

Retirarnos de Afganistan nos provocaría problemas con EEUU y con una Admon. con la que deseamos buenas relaciones. /Vs / Sin embargo, una guerra, la muerte de seres humanos, nunca puede ser un argumento para llevarnos bien con nadie.

¿Debemos retirarnos dejando allí a su suerte a mujeres, niños, y hombres que nos ayudaron? / Vs / ¿acaso nos han pedido ayuda? ¿acaso no podemos ofrecerles abrigo aquí si somos tan solidarios?

España pertenece a un mundo multilateral donde se debe ser solidario incluso en las peticiones de soldados /Vs/ ¿Es ese el mejor papel para España? ¿Por qué no potenciamos el de la justicia universal en lugar de cercenarlo?

El ejército de España está efectuando numerosas obras de reconstrucción… muy necesarias para la población / Vs/ ¿Es que el ejército es ahora una unidad de FCC?

Y lo mas importante, como expresó Perez de Albéniz en soitu.es: Afganistan «no es el único lugar del planeta que necesita atención: ahí tenemos a Somalia, Sierra Leona, Haití, Liberia… Pero sí es el único que ocupa un lugar estratégico junto al mar Caspio, la nueva fuente de petróleo y gas natural más importante del mundo.».

Sr. Zapatero, retire a las tropas de Afganistan, no nos obligue a exigírselo.

Termina el verano, volvemos al trabajo, regresan los niños al colegio, poco a poco bajan las temperaturas, y acompañando a la amenaza de las primeras gripes llegan nuestras mejores intenciones para el año. 

Ponerse en forma -practicando desde el clásico trote cochinero hasta la más extraña de las artes orientales-, emprender nuestra penúltima batalla contra el inglés o, una vez constatado que jamás lo aprenderemos, intentarlo con algún otro idioma más exótico, tipo ruso o chino, mandarín, por su puesto. Emprender la definitiva reorganización del cuarto trastero que amenaza con provocar el hundimiento de la planta en la que se encuentra, leernos las instrucciones de nuestro términal de teléfono de última generación, para sacarle el partido que el dinero que pagamos por él se merece. Mejorar de manera urgente las relaciones con el padre de tu mujer, afrontar con mejor estilo las relaciones con ese compañero que definitivamente podríamos catalogar como gilipollas integral. Terminar de una vez por todas con esa odiosa costumbre de morderse las uñas, juramentarnos para no volver a meternos el dedo en la nariz, mientras esperamos el semáforo. Tirar los jerseys con bolas, recobrar el gusto por la naturaleza, tomar más miel, reducir la ingesta de café. Ganar la liga y tomar algunas copas menos. Mejorar tu vida sexual, osea follar más.

Todas estas intenciones y muchas más amenazan nuestro otoño y nuestro invierno como las nubes que a buen seguro terminarán por llegar. Y no sólo porque el incumplimiento de nuestro propósito -cosa que sucederá en un 90% de los casos, según un estudio que he hecho entre mis amistades- nos cubrirá el corazón del fango de la frustración y la culpa, sino porque de conseguirlo, dejaríamos de tener un poquito del encanto de los seres imperfectos, osea humanos.

Que si hay que cuidarse y progresar, se cuida uno y progresa lo que haga falta, pero sin forzar que si hay algo más pernicioso que la nicotina, el alcohol y la falta de ejercicio, eso es una buena intención.

Todas las fechas esconden una larga lista de acontecimientos históricos… Sin embargo, lo cierto es que, especialmente en los últimos siglos, el 11 de septiembre ha sido un día trascendental. A los atentados contra las Torres Gemelas, se añade el golpe de Estado de Pinochet en Chile o el fin de la Guerra de Sucesión, conmemorado en Cataluña.

Tal día como hoy de 1226 empezó a practicarse la «adoración perpetua», una práctica católica que ha acabado consistiendo en rezar durante 24 horas en una Iglesia o Monasterio.

En 1541 un terremoto destruyó totalmente la ciudad de Guatemala y en 1609, también un 11 de septiembre,  llegó por primera vez un europeo a la isla de Manhattan. Ese mismo día y año, en España se ordenó la expulsión de los musulmanes no convertidos de Valencia… Fue el primer paso para expulsar a todos los musulmanes de España.

Un 11 de septiembre de 1714 Barcelona cae ante las tropas borbónicas en la Guerra de Sucesión. En Cataluña se conmemora la fecha con la celebración de la Diada Nacional de Catalunya

Unos años después, en 1803, se usa por primera vez el telégrafo eléctrico; en 1906, Gandhi inicia su Movimiento de la No Violencia; y en 1914, también un 11S, se empieza a construir el Pentágono. En 1973, Pinochet derroca el gobierno democrático de Chile a través de un Golpe de Estado.

En 1977 más de un millón de personas salen a las calles de Barcelona a pedir que vuelvan las instituciones de Cataluña y en Chile se hace coincidir en 1980 un referéndum sobre la nueva Constitución, justo un año antes de que el Guernica de Picasso sea entragado a España.

A todo eso se añade la retirada de las tropas soviéticas de Cuba en 1991 o la declaración oficial de Israel en 2005 de desocupar la Franja de Gaza. No obstante, a día de hoy, las imágenes de los aviones chocando contra las Torres Gemelas en Nueva York son las que nos vienen a la cabeza al recordar que es 11 de septiembre…

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Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. Se cumplen ocho años esta semana desde que saliera corriendo de mi oficina y me precipitara al Bajo Manhattan. Dos aviones se habían estrellado contra el World Trade Center — yo lo había visto en televisión — y cogí el metro, que llamativamente estaba funcionando y después, cuando ya no pude avanzar más, fui corriendo el resto del camino. De pronto, escuché un crujido — un sonido contundente mezcla del rugido de un trueno y el chasquido de un relámpago — y la persona que tenía al lado dijo, «Están estampando aviones,» pero el cielo estaba despejado y supe que una de las torres se había derrumbado. Me dije a mí mismo, «Os vamos a coger, bastardos,» pero me equivocaba. No los hemos cogido.

Ocho años han pasado, dos mandatos de moralismo Bush y el comienzo del pragmatismo Obama, y el hombre que ordenó el asesinato de estadounidenses en el Bajo Manhattan y los exteriores del Pentágono y en el avión que se estrelló en Pennsylvania sigue en su morada. Se ha convertido en motivo de burla en los programas de humor de la televisión — el asesino de estadounidenses como personaje asiduo, un cliché: sabes aquel que va Osama bin Laden y dice…

Bin Laden debe de estar muerto de risa. Ciertamente se reía en la grabación cuando explicaba a sus colegas la forma en la que había demolido las Torres Gemelas y en la que habían muerto los infieles. Se reía a carcajadas y también el resto de los ocupantes de la estancia. Pero yo estaba en la Zona Cero ese día, recogiendo trozos de papel, los restos de vidas muy ocupadas con lo mundano — la factura de la matrícula de una escuela privada, por ejemplo — y entonces quise, igual que quiero hoy, venganza por lo sucedido. Quiero la cabeza de Osama bin Laden.

Que esa venganza fuera mi primer pensamiento me sorprendió incluso entonces. No soy esa clase de persona. La venganza no parece encajar como tema de columna, ni de un columnista. Cuando hablamos de Afganistán, si quedarnos o marcharnos, si conservar los triunfos que tenemos o pedir carta, llegamos a todo tipo de explicaciones Metternichianas — pero nunca algo tan básico, tan crudo, como la venganza. La palabra suena a sed primitiva de sangre. Revuelve las tripas.

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Y aun así venganza también sugiere una preocupación adecuada por los muertos. La gente que falleció el 11 de Septiembre no puede ser despreciada, borrada — como si no hubiera sido asesinada en un crimen gravísimo. No es sólo que bin Laden siga libre. También lo están los Talibanes que le protegieron y estuvieron junto a él tras el 11 de Septiembre. Esto no debería ser complicado: Los que matan estadounidenses tendrían que pagar lo que hacen. Es una buena política exterior.

También pensé en los muertos cuando Escocia liberó a Abdel Basset Ali al-Megrahi, el responsable de volar por los aires el vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie. Inevitablemente, la atención se centra en los afligidos, muchos de los cuales perdieron hijos que volvían de pasar las vacaciones en Europa. Pero la suya no es la única pérdida. Los muertos, después de todo, perdieron todo lo que tenían — toda esa promesa, todas las posibilidades, todo el amor, todo el éxito y sí, todo el dolor y el fracaso y también los quebraderos de cabeza. Imagino el momento cegador de la explosión y creo que ellos no quieren que lo olvide.

Es el mismo caso de John Demjanjuk, deportado a Alemania en mayo por crímenes cometidos presuntamente hace 65 años cuando era un guardia de un campo de concentración Nazi. El caballero tiene 89 años y uno tiene derecho a preguntar cuándo basta. Pero entonces también hay que preguntarse por sus presuntas víctimas y dudo que podamos — si pudiéramos — decirles que su momento ha pasado… y que sus muertes ya no importan.

Hay buenos motivos para permanecer en Afganistán. También hay buenas razones para marcharse. Estas cosas nunca son fáciles. Sería difícil dar la espalda a los progresistas afganos y las mujeres y todas las niñas que nunca tendrían una educación. Un Afganistán bajo control Talibán haría causa común con los elementos fundamentalistas de Pakistán, tanto civiles como militares. Los riesgos crecen entonces — todas esas cabezas nucleares, no sólo en Pakistán sino también en la vecina India. Marcharse de Afganistán da la sensación de cuando silbas por la noche. Da tanto miedo como quedarse.

Pero cuando nos marchemos — si nos marchamos — tendremos que reconocer que no sólo hemos roto nuestra promesa con los afganos que nos han apoyado — al contrario que nosotros, los Talibanes tendrán su venganza — sino también con los muertos del 11 de septiembre de 2001. Teníamos la actitud adecuada.

Lo sentimos.

Richard Cohen
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